Serenata de la Luna Tejida
BRACER
Lágrima Cristalina de la Errante
Era la época en la que la suave luz escarchada aún no se había hecho añicos como un espejo de plata y el reino dorado ya había caído. De la noche a la mañana, la resplandeciente torre dorada se derrumbó como una higuera. Desde la Ciudad Sagrada hasta la antigua capital, pasando por las llanuras heladas del extremo norte y las ciudades con olor a sangre, todas ellas fueron exterminadas por los azulados pilares cristalinos. Tras la catástrofe, el santo alabado y la primera emisaria divina desaparecieron sin que se supiera nada de su paradero. Por su parte, las personas que sobrevivieron por haber huido de sus ciudades no tuvieron más remedio que acurrucarse entre las ventiscas mientras temblaban de frío. Solo pudieron esperar la llegada de la destrucción en una oscuridad yerma y desamparada, pues ya no tenían un sitio al que volver. Aquel era el llamado “momento del exterminio” del que hablarían las letanías de generaciones posteriores. La prosperidad de antaño se desmoronó como la nieve, mientras los dioses hacían oídos sordos ante las súplicas, los gritos, las maldiciones y los reproches. En la desesperación de la larga noche, solo hubo una única soberana de los cielos que lloró por el sufrimiento de los mortales. Se trataba de la Señora de la Luna Escarchada, la monarca de la luz y del carro celestial, la emisaria que compartía el mismo origen que el mundo. Por compasión —y también por un deseo secreto—, decidió responder a las plegarias de quienes habían sobrevivido. Cuenta la leyenda que, sirviéndose de una blanquecina luz plateada, tejió unos hilos de seda con los que guio a los supervivientes exiliados fuera de las llanuras escarchadas. Cuando sus lágrimas, llenas de añoranzas, cayeron sobre el suelo helado del extremo norte, se transformaron en lirios eternos entre las ventiscas. Así fue como los orgullosos sucesores de Hiperbórea comenzaron a llamarse a sí mismos “Descendientes Lunaescarcha”. Fueran cuales fueran sus verdaderas intenciones, aquella era la deidad que había otorgado una nueva vida a la gente.
