Crónicas de la Grasa Flotante: Capítulo de la Rana (I)
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Crónicas de la Grasa Flotante: Capítulo de la Rana (I)
Hubo un tiempo en que las ranas no necesitaban croar por la noche, y su coro no era tan estridente como hoy. En aquel entonces, en el pantano acababan de brotar los juncos y aún no había pececitos, gusanos ni camarones. Las ranas pescaban en corrientes cristalinas y navegaban en canoas sin descanso ni fatiga. Hermosos peces vela, peces espada y, claro, atunes, fermentaban lentamente bajo el sol, convirtiéndose en el sabor exquisito de los caldos. Un día, las ranas se sintieron confundidas: si había tantos alimentos en el mundo, ¿por qué tenían que seguir comiendo la carne seca heredada de sus ancestros? Las ofrendas se hundieron en el lodo, y pidieron nuevos manjares al árbol divino del pantano. Que se deshicieran en la boca, que fueran frescos sin igual. Entonces el árbol divino aplanó la cabeza de la tierra, y con estrellas reflejadas en las ondas del agua como cabello, creó a los pececitos, los gusanos y los camarones. Así pasó el tiempo. Las ranas, con su ritmo acelerado, cada día vivían felices y contentas. Solo que se acostumbraron cada vez más al lodo, a emboscar presas en la oscuridad, a croar en masa en las noches de primavera y a que las despreciaran con miradas burlonas todas las criaturas, incluso las de su propia especie.
